Ayer estaba jugando a R.E.P.O. con los colegas, ¿sabes? Uno de esos juegos co-op de horror donde todo el mundo grita y se asusta a la vez, y alguien siempre termina abandonando porque le da demasiado miedo o porque se queja de que el servidor va lento. Era como las tres de la mañana, la hora en la que Valencia está completamente muerta, y Tofu estaba durmiendo en mi regazo haciendo ese sonidito raro que hace cuando sueña. Y en mitad de una partida me di cuenta de algo que no me ha dejado tranquila desde entonces, y la verdad es que no sé ni por qué me importa tanto.
La cosa es que mientras estábamos todos metidos en ese rol de inspectores de objetos paranormales raros, uno de los tíos del grupo dijo algo que normalmente sería una broma estúpida. Algo así como “bueno, al menos aquí en el juego no nos decepciona nadie, los fantasmas son predecibles”. Y todos nos reímos, claro, fue un chiste rápido que pasó volando. Pero luego seguimos jugando y yo… bueno, no pude quitarme eso de la cabeza. Y no porque sea filosófico ni nada de eso, que no es mi rollo, sino porque de repente me puse a pensar en por qué juego tanto a esto, a juegos de horror cooperativo, a estar online con gente cada noche cuando poría estar haciendo mil cosas diferentes.
No es que sea deprimiente ni nada, eh. Que conste que me lo paso genial, de verdad. Pero esta semana ha sido rara porque mientras trabajaba en la tienda de informática, vendiendo cables USB a señoras mayores que no saben ni para qué sirven, me acordaba de lo que dijo el colega y me preguntaba si estoy usando los juegos co-op como una especie de… no sé, de escape barato. Porque aquí está el rollo: en los juegos, todo funciona. Tienes reglas. Tienes a tus colegas. Todos estáis en lo mismo, todos querés lo mismo, y aunque te asustes o falles, hay un reinicio. Aprietas un botón y listo, otra partida. Otro intento. Nada se rompe de verdad.
Y luego tienes la vida real, que es un puñado de R.E.P.O. donde nada funciona como deberías esperar. Las cosas se rompen sin botón de reinicio. La gente desaparece de repente o cambia de opinión. Mi ex, por ejemplo, que fue quien me metió en todo esto del horror co-op, se fue hace casi dos años y ahora no tengo ni idea de qué hace. Seguimos jugando sin él, pero durante meses fue raro, ¿sabes? Como si el juego que tanto nos gustaba estuviera roto sin él aquí.
Llevo días pensando en esto porque, no voy a mentir, ha habido momentos en los que he estado en el sofá a las dos de la mañana, esperando a que conecte la gente, y me he dado cuenta de que estaba más animada viendo su nombre en Discord que viendo mis mensajes sin respuesta de un tío que conocí en una terraza hace tres semanas. Y eso es triste, ¿eh? Admito que es un poco triste. Porque significa que prefiero la predictibilidad de un juego de terror donde sé que va a pasar algo, donde mis colegas van a estar, donde no hay sorpresas desagradables que te rompan el pecho sin avisar. En los juegos sabes dónde están los monstruos. En la vida real, a veces el monstruo eres tú, o el monstruo es que te enamoraste de alguien que tenía miedo, o el monstruo es que no sabés qué hacer con 24 años cuando todavía esperas que alguien te diga “esto es así y listo”.
Lo que me tiene la cabeza hecha un lío es que no sé si estoy siendo consciente de un patrón chungo o si simplemente soy una persona que le gusta jugar, y ya está. Porque también podría ser eso. Conozco a gente que vive obsesionada con su trabajo, o con una relación, o con conseguir dinero. Yo juego horror co-op y escribo en mi blog sobre ello. Tampoco es lo peor, ¿no? Estoy en Valencia, tengo un laburo que paga las facturas, tengo colegas que me caen bien, tengo a Tofu. No estoy en peor situación que hace un año.
Pero esta semana me he sentido como si estuviera dentro de un juego de R.E.P.O., ¿sabes? Como si estuviera buscando pistas en una casa abandonada y hubiera encontrado algo que no quería encontrar. Y ahora no sé qué hacer con esa información. No sé si debería dejar de jugar tanto, o si debería dejar de esconderme en los juegos, o si simplemente necesito encontrar a alguien que entienda que a veces necesitás eso: un espacio donde las cosas funcionan, donde hay reglas, donde no vas a terminar llorando porque alguien decidió que ya no quiere hablar contigo.
La verdad es que eso es lo que me tiene rondando por la cabeza. No es una pregunta con respuesta, como digo. No es algo que pueda resolver en una partida de juego. Es más bien una sensación incómoda, como cuando estás en una misión de horror y sabes que algo está mal pero no conseguís identificar qué es exactamente. Todo se ve normal. Pero no lo es.
He intentado hablar de esto con mis colegas online, pero es difícil porque estamos todos en la misma onda, ¿verdad? Si digo “eh, creo que estoy usando los juegos para evitar la realidad”, van a pensar que me estoy volviendo loca o que voy a dejarles en la estacada para ir a buscar pareja o algo. Y tampoco es eso. Solo es que esta semana he sido demasiado consciente de lo que estoy haciendo, y esa consciencia no se va. Se queda ahí, como un enemigo que no puedes derrotar porque no tiene hitpoints.
Bueno, supongo que por eso escribo esto aquí, en el blog. Porque necesitaba que alguien lo leyera. No para que me resuelva nada, que no se puede. Sino simplemente para que sepa que existe. Que hay una chica en Valencia que juega horror co-op casi todas las noches, que le encanta gritar asustada en el sofá, que tiene un gato que no entiende nada, y que esta semana ha estado un poco fuera de lugar en su propia vida. Nada dramático. Nada que no se pueda resolver con tiempo y un reinicio. Pero real. Y a veces solo necesitás escribirlo para sentir que no estás completamente sola en eso.
Mañana seguramente seguiré jugando. Y probablemente me lo pasaré de puta madre. Pero hoy, al menos, he sacado esto que no me dejaba tranquila. Y eso tiene que valer para algo, ¿no?